Justicia y Misericordia para Colombia

(XXIII Domingo T.O- Ez 33,7-9 / Salmo 95 (94) / Rm 13, 8-10 /Mt 18, 15-20). Un cuento servirá para ambientar la reflexión sobre las lecturas de esta semana:

Una vez, en la antigua Grecia, un joven caminaba pensando en sus cosas, cuando vio a lo lejos dos mujeres descomunalmente altas. El joven, asustado pero curioso, corrió a esconderse tras unos arbustos para escuchar su conversación.

Las enormes mujeres se sentaron allí cerca, pero antes de empezar a hablar, apareció el hijo más joven del rey. Sangraba por una oreja y gritaba suplicante hacia las mujeres:

– ¡Justicia! ¡Quiero justicia! ¡Mi hermano me ha cortado la oreja!

Su hermano mayor llegó empuñando una espada ensangrentada.

– Estaremos encantadas de proporcionarte justicia, joven príncipe- respondieron las dos mujeres-. Para eso somos las diosas de la justicia, solo tienes que elegir quién de nosotras dos prefieres que te ayude.

– ¿Y qué diferencia hay? -preguntó el príncipe- ¿Qué harían ustedes?
– Yo, -dijo la diosa que tenía un aspecto más delicado- preguntaré a tu hermano cuál fue la causa de su acción y escucharé sus explicaciones. Luego le obligaré a proteger con su vida tu otra oreja, a fabricarte el más bello de los cascos para cubrir tu cicatriz y a ser tus oídos cuando lo necesites.

– Yo, por mi parte -dijo la otra diosa- no dejaré que salga ileso de su acción. Lo castigaré con cien latigazos y un año de encierro; deberá compensar tu dolor con mil monedas de oro. Te daré la espada para que elijas si puede conservar una de sus orejas, o si por el contrario deseas cortar ambas.

Y bien, ¿Cuál es tu decisión? ¿Quién quieres que aplique justicia por tu ofensa?

El príncipe miró a ambas diosas. Luego se llevó la mano a la herida, y al tocarse apareció en su cara un gesto de mucho dolor que terminó con una mirada de rabia y cariño hacia su hermano. Con voz firme respondió, dirigiéndose a la segunda de las diosas.

– Prefiero que seas tú quien me ayude. Yo lo quiero mucho, pero sería injusto que mi hermano no recibiese su castigo.

Y así, entre los arbustos, aquel joven pudo ver cómo el culpable cumplía toda su pena y el joven príncipe se contentaba con hacer una pequeña herida en la oreja de su hermano, sin llegar a dañarla seriamente.

Hacía un rato que los príncipes se habían marchado, uno sin oreja y el otro ajusticiado, estaba el joven aún escondido cuando, ante sus ojos, la segunda de las diosas cambió y tomó su verdadera forma. No se trataba de ninguna diosa, sino del poderoso Ares, el dios de la guerra. Este se despidió de su compañera con una sonrisa burlona:

– He vuelto a hacerlo, querida Temis. Tus amigos los hombres apenas saben diferenciar tu justicia de mi venganza. Voy a preparar mis armas; se avecina una nueva guerra entre hermanos.

Cuando Ares se marchó, la diosa Temis sorprendió al joven entre los arbustos y le dijo:

-Dime joven, ¿hubieras sabido elegir correctamente?[1]

Este cuento y las lecturas propuestas por la liturgia para este domingo nos invitan a considerar una comprensión poco convencional de la justicia: no buscar la destrucción, sino la salvación de quien ha hecho daño; así como la reparación de quien lo ha sufrido.

En la primera lectura, el profeta Ezequiel nos advierte, sin eximir al culpable, sobre nuestra responsabilidad de «salvar al malvado» al persuadirlo para que cambie su conducta: “Si yo digo al malvado: «¡Malvado, eres reo de muerte!», y tú no hablas, poniendo en guardia al malvado para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre. Al contrario, si tú pones en guardia al malvado para que cambie de conducta, si no cambia de conducta, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado la vida” (Ez 33,7-9). Así, el profeta indica cómo la acción hacia quien ha hecho daño debe ser salvífica y misericordiosa, no la búsqueda de su destrucción o condena.

Por otra parte, en la Epístola de Pablo a los Romanos, se nos recuerda el imperativo cristiano del amor: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Quien ama a su prójimo no le hace daño; por eso amar es cumplir la ley entera (Rm 13,9). El horizonte de la acción cristiana es el amor. Por esta razón la búsqueda de justicia siempre deberá ir acompasada con una actitud misericordiosa.

En el Evangelio de Mateo se configura, en relación con las otras lecturas, el modo de ejercer justicia con espíritu cristiano para no incurrir ni en la alcahuetería de la impunidad, por una parte; ni en la condena apresurada y vengativa, por la otra. «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano» (Mt 18,15-17). El propósito fundamental debe ser el de salvar al hermano.

En definitiva, el tipo de justicia que propone la liturgia de este domingo es una justicia misericordiosa y, por ende, restaurativa. Este paradigma de justicia tiene hondas raíces cristianas y ha servido para orientar muchos procesos de paz, incluido el actual proceso colombiano. Sin embargo, no han faltado críticas que claman castigo y solo ven impunidad en el proceso de paz. Inspirados en el salmo, solo nos queda desear que Colombia escuche hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».

[1] Adaptado del cuento “Las dos justicias”, de Pedro Pablo Sacristán.  https://cuentosparadormir.com/infantiles/cuento/las-dos-justicias

Foto: Internet

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