Adviento: Tiempo de apostar por la paz

III Domingo de Adviento – Diciembre 17 de 2017. (Is 61,1-2a.10-11/ Sal Lc 1,46b-54/1Ts 5,16-24/ Jn 1, 6-8.19-28). El Tiempo de Adviento es un tiempo de alegría. Supone preparación y conversión, pero esta transformación se da en un horizonte alegre y confiado. Así lo expresa en la primera lectura el profeta Isaías: “Mi alma se alegra en mi Dios porque me vistió con vestiduras de salvación, me rodeó con un manto de justicia” (Is 61,10). En el mismo sentido de confianza tomamos las palabras del Magnificat, atribuido a María por el evangelista Lucas: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava, desde ahora me felicitarán todas las generaciones” (Lc 1,46b-48).

Ahora bien, ese gozo ya realizado en María es lo que se anuncia en el Tiempo de Adviento: el año de gracia del Señor. Una gracia que supone transformación de las realidades, pues se pasa del sufrimiento al gozo, de la esclavitud a la libertad, de la muere a la vida. Tanto en la lectura del profeta Isaías, como en el cántico que sirve como salmo, se anuncia la salvación: “El Espíritu del Señor me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad” (Is 61,1-2). “A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos” (Lc 1,53).

A este Dios que promete la salvación, la transformación de las situaciones de muerte mediante la transmisión de vida para todos y todas, es al que Juan el Bautista anuncia y en nombre de quien bautiza, según relata el Evangelio de Juan. El Bautista no es el Mesías, pero anuncia la llegada de ese a quien él no es digno de desatarle las sandalias, cuya palabra será de salvación y de vida para todo el pueblo.

La alegría también es tema de la segunda lectura. Pablo invita a la comunidad de Tesalónica a estar “siempre alegres en el Señor” (1Tes, 5,16). Sin ahogar el don de profecía que el Espíritu suscita, Pablo los exhorta a examinarlo todo y a quedarse con lo bueno. No se trata de una alegría ingenua, sino de la alegría que brota al seguir el camino del Señor, al acoger su llamado, al responder a su designio divino de salvación sobre la humanidad.

Las lecturas de este domingo están estrechamente relacionadas con la realidad que vive nuestro país. La Palabra de Dios es un horizonte para leer desde la fe nuestra situación y enderezarla hacia su finalidad salvadora. En medio de la realidad colombiana, la palabra de salvación está asociada a los esfuerzos actuales por construir la paz. Una paz basada en el derecho y la justicia, en la liberación de todas las esclavitudes y la solución de las necesidades.

No es una paz que se limite al cese del fuego, aunque este sea una condición indispensable. La paz que procuramos es una paz que supone una inmensa generosidad y una voluntad de comenzar de nuevo. Pero si Dios está de nuestro lado y su evangelio de esperanza y vida nos orienta, ¿qué puede detenernos en este esfuerzo? ¿por qué no sostener definitivamente un proceso de paz para el bien de todos?

En la visita papal que tuvimos hace poco tiempo, pudimos constatar el interés del Obispo de Roma por nuestra situación. Muy conmovedor resultó el encuentro que tuvo en Villavicencio con las víctimas del conflicto armado. Allí el dolor de estas víctimas se hizo presente a través de su testimonio y la esperanza de un nuevo comienzo; en medio de las dificultades que entraña el perdón, ellas apuestan por la vida. Desde su dolor ellas mantienen la esperanza, creen en el futuro, confían en la posibilidad de una historia distinta.

Sin embargo, no debemos ignorar que algunas voces se levantan para acallar la esperanza. En el Congreso de la República algunas voces tratan –bajo la aparente búsqueda de una justicia más sólida- de desbaratar los acuerdos de La Habana para evitar que las víctimas tengan voz y que los reinsertados tengan derechos. Es como si no se conocieran los acuerdos de paz que, en países como Suráfrica, han hecho posible un camino distinto otorgando concesiones mucho más amplias. La comunidad internacional ha mostrado muchas veces que, con los límites propios de todo acuerdo de paz, lo firmado en Colombia constituye un muy buen acuerdo con el que vale la pena comprometerse.

No faltan las traiciones, los engaños, los retrocesos por parte de quienes han de llevar adelante este empeño de construir la paz; esto forma parte del pecado que nos asedia. Pero la fe en el Dios de la vida, la paz y la esperanza, que vendrá de nuevo en este tiempo de Navidad, es nuestra fuerza y la garantía de que la última palabra la tiene la vida. En Él nos apoyamos, en Él seguimos adelante.

Nuestra tarea en este tiempo de adviento es la de volver a ser esos profetas que, al estilo de Juan Bautista, «gritan en el desierto» y no dejan de anunciar la verdadera fuente de vida: el Dios que trae la salvación para todos, el Dios que hace posible la paz y la reconciliación.

Allanemos los caminos con mucha fe y con mucha esperanza, preparémonos para hacer realidad en Colombia esa paz que el Niño Jesús nos trae. Esa paz es fruto de la justicia que renueva; una justicia que no consiste en castigar al malvado o en quitarle la vida, sino en favorecer la vida para todos. Porque para Dios, todos, absolutamente todos, estamos llamados al banquete del Reino y nadie queda excluido; excepto aquellos que se nieguen a sentarse en la misma mesa con quienes están llamados a la misma y única salvación de Dios.

Texto: Pontificia Universidad Javeriana – Facultad de Teología
Foto: Internet

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